La familia Carabajal constituye un puntal del folklore no sólo santiagueño, sino también argentino. Por supuesto que en el folklore de Santiago hay muchas familias que han sido determinantes en uno de los estilos de música más importantes de la Argentina: ahí están los hermanos Díaz (Benicio,el Soco y Julián el Cachilo, que iniciaron a Yupanqui en la chacarera), los hermanos Ábalos, los hermanos Simón, los hermanos Juárez, los hermanos Toledo, etc.
Todos son importantísimos, pero si tuvieramos que contar todo, no acabaríamos nunca.
Además, a nosotros nos toca contar lo que conocemos, o sea, los Carabajal. Ellos son especiales porque ya completan varias generaciones dando grandes músicos a su folklore.

EL ORIGEN        

       Según contaba Don Carlos, sus abuelos paternos venían de más al sur de Santiago: su abuelo, uruguayo, se llamaba Luciano Orellana, y su abuela, Manuela Carabajal. Al casarse, hicieron un curioso acuerdo: sus hijos, según fueran llegando, se apellidarían sucesivamente Orellana y Carabajal. Así, al padre de Carlos le tocó apellidarse Carabajal. Se llamaba Francisco Rosario Carabajal, de oficio cestero, y de afición, músico. Tocaba muchos instrumentos: guitarra,  violín, mandolín, armónica, etc. Era autodidacta, y, como decía su hijo Enrique, ya fallecido, era músico " de conjuntito",  y andaba de aquí  para allá tocando para fiestas o en carnaval.  En uno de estos viajes pasó por un pueblo llamado Clodomira, y allí conoció a María Luisa, que tendría por aquel entonces unos quince años.
LA FAMILIA CARABAJAL

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Agustín
Héctor
Enrique
Roberto
Raúl (Shungo)
Saúl (Cuti)
Francisco Rosario
Carabajal
Luisa Paz
René
Néstor (Pishpi)
Oscar (Bicho)
Carlos
Julio
Ernesto
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       Francisco y Luisa se van juntos a vivir a La Banda, localidad situada junto a Santiago capital, al otro lado del Río Dulce. Se establecen en el Barrio de Los Lagos, en una casa grande y humilde, con un patio de tierra. Esa casa permanece  hoy en día tal y como era cuando llegaron los abuelos, una casa típica santiagueña, con su horno de barro, su árbol centenario y su techo quinchado en el gran patio de tierra. Allí se inicia la saga Carabajal de músicos, y allí se celebra todos los  segundos domingos de agosto El Cumpleaños de la Abuela Luisa, un fenómeno social que explicamos en este link.
       Allí, entre 1919 y 1947, fueron llegando los hijos: doce, todos varones: Héctor, Enrique, Ernesto, Julio, Carlos, Roberto, Agustín, René, Oscar,  Néstor, Raúl y Saúl.
Carlos nos construyó uno de los juguetes
que les hacía Francisco Carabajal a sus hijos.
Es un precursor del yoyó, y está hecho de caña.
No había dinero, y menos  para comprar juguetes,
así que  había que aguzar el ingenio...

       Una familia tan grande no permitía lujos precisamente. Se vivía como se podía, sin muchas comodidades, pero con alegría. La música tenía un lugar importante en la casa, y los amigos del cabeza de familia, que venían a visitarlo, solían ser músicos en su mayoría. Maria Luisa gustaba de cantar mientras hacía sus faenas domésticas, y alentaba a sus hijos a hacerlo, y más tarde a los nietos. Cali Carabajal, hijo de Enrique, uno de los hijos mayores, cuenta que, cuando ellos eran changuitos (chiquillos), andaban jugando por el patio mientras oían al abuelo tocar con los amigos, que podían ser, por ejemplo, los hermanos Díaz, Julio Jerez o los Ábalos, gente importantisima del folklore. Así, los jóvenes aprendían sin darse cuenta, y varios de los hijos fueron músicos profesionales: Héctor, el mayor, que fue un gran guitarrista, músico acompañante de muchos artistas de tango; Carlos, (no hay quinto malo) al que se ha dado en llamar el Padre de la Chacarera, Agustín, el séptimo, que fue el impulsor y renovador del estilo Carabajal, que es lo mismo que decir el estilo santiagueño del folklore, y Saúl, el pequeño, más conocido por Cuti, que es un extraordinario compositor, y que forma con su sobrino Roberto, el hijo de Héctor, el famoso duo Cuti y Roberto Carabajal.
       Pero nos estamos alejando de la historia: una familia compuesta por doce varones ( " - podiamos armar un equipo de fútbol hasta con suplente..."- comenta Cuti, el menor de los doce. Y de hecho, los Carabajal son apasionados del fútbol, y no juegan nada mal. Carlos jugó en alguna ocasión en primera division, y siempre ha habido esas dos caras de la moneda en la familia, el fútbol y la música.
       Esto es en lo que se refiere a la primera generación, porque los nietos vienen pegando y muy fuerte: Roberto, hijo de Héctor, una de las mejores voces de la familia, que es pareja artística con su tío Cuti; Cali y Musha, hijos de Enrique, fueron fundadores con sus tíos Agustin y Carlos del grupo Los Carabajal, en el que están dos hijos de Cali, Walter y el Gordo (Carlos Enrique).
       Tres hijos de Carlos: Graciela, de voz portentosa, madre de Roxana, una de las mejores representantes femeninas de la música santiagueña; Peteco, uno de los cantautores de fama indiscutible en toda Argentina, Homero, hijo de Peteco, promesa que acompaña a su padre en voz, guirtarra y bombo; Demi, músico, cantante y compositor de enorme talento,  Jorge Luis, hijo de Agustin, cantautor, que forma ahora dúo con su primo Pablo, (hijo de Oscar), gran cantante y también compositor, Camilo y Agustin, hijos de Cuti, percusionistas de Roxana Carabajal y del grupo de Cuti, respectivamente; Ricardo, que toca con el grupo de su tío Demi. Y los demás changos,  que vienen también arrasando, porque viven la música desde la cuna, y sus mayores les alientan a que canten y toquen.






       
       
       Pero otra vez nos estamos desviando de la historia: Carlos nos contaba anécdotas de una infancia pobre, pero feliz: había lo justo, y a veces menos, pero sus padres iban, como dice Peteco en su canción A mis viejos: "calmando con ternura el dolor que dejaba la ausencia del pan".  Detras de la casa de la infancia pasaba la via del Tucumano, un tren que hacia la ruta norte. Una vez , al pasar el tren, cayó de un vagón un enorme queso, que echó a rodar por el campo: Carlos se reía rememorando la escena de todos los hermanos Carabajal corriendo como locos detrás de aquel queso...
       El Tucumano protagonizó otra anécdota, esta vez musical, de la vida de Carlos Carabajal: por algún motivo, a don Francisco Rosario no le hacía mucha gracia que Carlos tocase la guitarra, a la que se había aficionado viendo a su hermano Héctor. Es de suponer que temía que la estropease, dada su corta edad. Para desanimarlo, antes de irse a trabajar, desafinaba el instrumento. Carlos  se dio cuenta entonces de que el silbido del tren, que pitaba todos los días al pasar tras su casa, estaba afinado en Mi, (primera y sexta cuerdas de la guitarra), con lo cual podía volver a afinar sin muchos problemas el instrumento...

continuará

Carlos con su sobrino Pablo Carabajal
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       Nuestro grupo le debe mucho a este apellido, en especial a Carlos, a quien perdimos en Agosto de 2006. Él fue quien consiguió interesar definitivamente a Mauricio en la música de Santiago del Estero. Sin ellos dos, este grupo nunca hubiera visto la luz. De la mano de Carlos algunos hemos aprendido a querer a esa musica, a esa tierra y  a esa gente como propios. Y no ha sido el único: Peteco, Cuti, Roberto, Cali, Musha, Walter, Oscar, Néstor, Pablo, Roxana, Graciela, Demi, Enriqueta y por supuesto Doña Zita, la viuda de Carlos, y el resto de esta numerosísisma famila, nos han tratado siempre como a uno de sus parientes. Es así como nos sentimos.
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